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Goomba Con Mostacho
(@goomba-con-mostacho)
Leyenda de Vermina
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Introducción

Mailea, un mundo donde conviven la magia y la tecnología, no como enemigas, si no como hermanas, uña y carne. Alguna gente diría que esto es antinatural, pero para los habitantes de Mailea no es así, adaptados a ver como la magia potencia sus máquinas y como las máquinas que utilizan potencian su magia natural, así es el mundo de Mailea.

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Capítulo 1

Ysgard era una isla voladora artificial sujetada por la magia de los dwaalan, una raza de reptiles humanoides con grandes alas en la espalda. Entre los habitantes de esa isla destaca Aliznia Slyveet, una artista dwalaan, que se instaló cuando ganó el favor de los hechiceros locales, uniéndose a una banda cuyo trabajo era entretenerlos. Aliznia había aprendido mucho en su adolescencia viajera, ahora eso era agua pasada, pero  algunas veces aprovechaba para escabullirse e ir a las ferias del pueblo llano para rememorar esos tiempos o a los espectáculos ambulantes que daban en el teatro del pueblo local, a las ferias iba vestida con un disfraz que la hiciera irreconocible, un tinte rojizo cubriendo el tono claro de sus alas y un velo que ocultara la forma de sus cuernos, incluso trataba de adoptar otro acento al hablar, para hacer más difícil que la reconocieran, si hablaban con ella, estaba entrenada, podía hacerlo. Cuando se hacía pasar por una mera espectadora trataba de dejar de pensar en el trabajo y centrarse en disfrutar de las actuaciones, pero su cabeza podía tener otros planes, muchas veces terminaba fijándose en los actores, quienes lo hacían bien, quienes no, quienes tenían talento, pero aún no sabían usarlo y quienes no tenían talento pero creían tenerlo, también en las técnicas que usaban, espectáculos con fuego que le impresionaban, pero que no se atrevería a emular, bailes de tierras lejanas que nunca había visto, algunas veces espectáculos junto a actores de otras razas, que le resultaban extrañas, pero interesantes.

La vida en Ysgard era tranquila, solo perturbada por las ocasionales tormentas marinas, vivían en una región del océano poco conflictiva. A pesar de esto la tranquilidad se estaba disipando, corrían rumores por aquellas calles de arcilla blanca. Desde los mares del norte había algo que se desplazaba cobrando vidas allá por donde iba, primero solo eran barcos pesqueros y otras embarcaciones los afectados, pero luego fueron algunas islas voladoras de pequeño tamaño, que hacían las veces de fortalezas fronterizas o aldeas pesqueras. Las teorías se dispararon, algunos hablaban de un ejército que avanzaba imparable, otros de terroristas dwaalan, era popular la teoría de una tropa de muertos vivientes, o una bestia marina que lo devoraba todo, algunas teorías eran incluso más esotéricas, como una deformación en el espacio que acababa con las vidas de aquellos que atrapaba, hasta que no llegasen noticias oficiales todo era posible. Mucha gente lo relacionaba con un supuesto artefacto que guardaban los magos, un artefacto conocido como “la Llave para Ninguna Puerta”, este artefacto había sido visto por muy pocos, solo magos y algunos de sus contactos más cercanos, aunque Aliznia era una de estos afortunados. No había pronunciación oficial desde la alcaldía de la isla, pero muchos de sus habitantes la estaban abandonando ya. Aliznia se daba cuenta claramente de que el ambiente por las calles estaba muy distinto, las risas eran seguidas de expresiones preocupadas, muy pocos pescadores partían hacia el norte y cada vez más y más casas quedaban vacías.

La Llave para Ninguna Puerta era un artefacto muy curioso, un objeto cilíndrico, con muescas a distintas alturas, de un tono metálico, poco brillante, nadie sabía para que servía, nadie sabía de donde había salido, Molgarn, cabecilla de los magos e investigador de artefactos, estaba seguro de que era algo valioso, pero a la vez que estaba seguro de eso, desconocía totalmente su utilidad, así que lo tenía guardado en un cajón bajo llave, en una antesala de la sede de los magos.

Era Molgarn el que había ensenado la Llave a Aliznia y era también el que había conseguido que la admitiesen. Normalmente Molgarn era un dwaalan serio, que dedicaba su tiempo a estudiar artefactos o a la lectura, incluso cuando estaba concentrado sujetando la isla, pero de cuando en cuando iba con sus compañeros a observar a los artistas itinerantes. Hubo algo en los movimientos de esa delgada dwaalan que llamó su atención, su reacción no fue muy intensa, sencillamente se curvaron un poco las comisuras de su pico ganchudo, la señaló y dijo que tenía talento, no era mucho, pero bastó para que el resto de los hechiceros se decidieran a contratarla. por alguna razón desde aquel día en adelante Aliznia y Molgarn congeniaron bien, aunque siempre guardando una distancia profesional.

Aliznia normalmente seguía un horario establecido, una actuación por la mañana y otra por la noche, para cada uno de los turnos de hechiceros, ambas actuaciones eran en teoría la misma, pero no siempre lo eran en la práctica, si se trataba de una obra larga o un baile complejo podía tomarse un día libre antes o después. Aquel día era distinto, habían convocado una reunión de altos cargos, representantes de la defensa de Ysgard, la alcaldía y los hechiceros, Aliznia no estaba invitada a esa reunión, pero Molgarn quería que los acompañase y Molgarn no era de la clase de personas a las que se les pudiera hacer cambiar de idea.

- Dime Molgarn, ¿hay alguna razón por la que quieres que vaya?, eres de los que opinan que los artistas debemos dedicarnos al arte y los hechiceros a los hechizos y no creo que esta reunión vaya a ser muy artística. – La mujer intuía que el hechicero tenía alguna intención oculta.

- Creo que toda la gente debería saber lo que está sucediendo, solo es eso.

- Bueno, yo no soy “toda la gente”.

- Tú puedes decírselo al resto de artistas y el resto de los artistas pueden decírselo al resto de los habitantes, así de simple.

Aliznia no estaba convencida, pero no le iba a llevar la contraria. Al llegar al ayuntamiento los detuvieron dos guardias.

- ¡Alto!, los civiles no pueden entrar.

- Ella cuenta como asistente de hechicero.

- No, no cuenta.

Molgarn lo miró fijamente, era posiblemente el dwaalan más alto de la isla, con largos cuernos retorcidos, piel negra como el carbón y una voz autoritaria.

- Mi vida consiste en mantener estas islas en píe, concentrado día y noche para que no se muevan, sentado sin moverme, durante días, meses y años, todo aquello que me ayude a distraerme de mi trabajo es mi asistente.

El guardia no tenía ganas de discutir ante las palabras de Molgarn, los hechiceros tenían un papel en la sociedad un poco apartados, no tenían mucho poder político, tampoco eran los más ricos, pero tenían poder, unos hechiceros solo tendrían que dejar un día de hacer su trabajo para que toda una isla se hundiera bajo las aguas en cuestión de segundos, así que pocos se atrevían a llevarles la contraria, los pocos que aún tuvieran ganas de discutir se achantaban ante la imponente presencia de su líder.

- Si señor, puede pasar.

El grupo se sentó ante una mesa alargada, desde el otro lado Dugan, máxima autoridad de la guardia, lanzó una mirada seria sobre Aliznia, Dugan era un hombre serio y formal, que no aceptaba que se modificase el protocolo, pero aun así no dijo nada, no quería llevarle la contraria a un hechicero. Cuando todos estuvieron sentados y concluyó la parte de las presentaciones la alcaldesa tomó la palabra.

- Cómo sabéis hay algo qué está provocando muertes allá por donde va y qué se mueve en nuestra dirección. Por ahora se han visto afectadas patrullas, barcos pesqueros y pequeñas aldeas, no tenemos noticias de nadie, ni gobiernos ni grupos armados que reconozca la autoría de los actos, no hay información tampoco de cuerpos que se hayan encontrado, al menos ninguno que no haya sufrido el ataque de animales marinos. Debemos de decidir la manera de actuar sin provocar pánico entre la población.

La reunión siguió de manera normal, planteando la mejor manera de actuar, hasta que comenzaron a hablar sobre el artefacto.

- Molgarn, ¿cree que pueden estar tras el artefacto que guardan los hechiceros?

- Puede ser que sí, o puede ser qué no, no hay nada que apunte a que buscan ese artefacto, la manera más fácil de robarlo sería infiltrando a alguien en la isla, no masacrando a todo lo que se ponga en su camino hasta llegar aquí.

- Bueno, si se trata de un artefacto tan valioso como ustedes dicen deberíamos tomar medidas especiales, me ofrezco personalmente a escoltar ese artefacto a Ygnotia, estoy seguro de que allí podrá ser protegido de manera conveniente, se trata de una isla mucho más grande y mejor defendida que esta.

- Dugan, ¿le digo yo a usted cómo hacer su trabajo?, tomaré las medidas que creo adecuadas, no se preocupe.

Aliznia se daba cuenta de que Dugan no estaba satisfecho, pero no dijo nada más sobre el artefacto. La reunión se alargó un poco más, finalmente se decidió que la mejor forma de recibir la inminente catástrofe sería hacer los preparativos que corresponderían a una tormenta, pero traer a tanto personal militar como pudieran, para abarcar la mayor cantidad de posibles opciones. El comunicado a la población era poco concreto, lo que no ayudó a calmar los ánimos.

Después de la reunión Molgarn llevó a Aliznia a los aposentos de los hechiceros, la mujer estaba muy nerviosa, no el tipo de nervios a los que estaba habituada, los que suceden antes de una actuación, si no los nervios que preceden a un peligro inminente, a un destino incierto, se rascaba los brazos, con unas garras suficientemente afiladas como para dejarles marcas.

- Ahora que ha terminado la reunión vuelvo a preguntarte lo mismo, ¿qué querías que viera?, desde arriba hasta abajo nadie sabe lo que se acerca, ¿es una manera de decirme que debería marcharme?

- Quería que vinieras para que entendieras lo que voy a hacer.

Aliznia reconoció la sala a la que se dirigían, siempre pensó que debajo de esa fachada estoica Molgarn estaba un poco loco, y ese momento no hacía más que confirmárselo, el hechicero abre el baúl en el que guardan “la Llave para Ninguna Puerta”.

- Aliznia, como actual líder de los hechiceros de esta isla te entrego este artefacto, conocido de manera no oficial como “La Llave para Ninguna Puerta”, tu deber será sacarlo de aquí e irte lejos.

- ¿La Llave?, ¿por qué me la das a mí?, ¿no es mejor alguno de los hechiceros?, ¿qué tal hacer lo que dijo Dugan?

- No… los hechiceros tenemos una misión que cumplir, y Dugan. – Graznó. – Si se lo dejas a ese tipo, todo ser vivo a doscientas millas a la redonda se dará cuenta de que está transportando algo valioso… tú eres discreta y has viajado a otros lugares lejanos, además, nadie espera que sea una artista la que transporte un artefacto así, podrías ocultarte sin necesidad de disfraz.

- Me complace que haya pensado en mí, señor Molgarn, pero… ¿no le preocupa que me lo roben, o que lo yo misma lo venda?

- Los que te lo roben seguramente sepan incluso menos que nosotros sobre esto y sencillamente la llave se convierta en un objeto abandonado en el fondo de un almacén, sin nombre y sin propósito. Además, por lo que te conozco no creo que lo vendieras así como así, eres demasiado curiosa como para dejarlo pasar.

El dúo se sonrió, una sonrisa que se notaba más en sus ojos que en sus picos, duros en toda su longitud salvo la base.

- En ese caso acepto el artefacto, lo protegeré todo lo que haga falta.

- Bien, si están en lo correcto quedan diez días antes de que esta isla se hunda bajo las aguas… Dentro de cinco días partirán dos aprendices de hechicero y parte del personal en una nave a la isla de Ankara, deberías de ir con ellos.

- Si debo marcharme para continuar mi vida como artista errante no me iré con esa nave… Sabes, no es la primera vez que me planteo salir de la isla desde que comenzaron las noticias, miré los barcos activos que llegaban, aunque pensaba que me quedaría más tiempo… creo que en semana quedaban un par de plazas para un barco de pasajeros Galseek, pero si no llego a tiempo siempre puedo tomar un barco mercante Asara, esta vez me voy con una de las especies terrestres, quiero ver cómo es la tierra adentro de los continentes.

Molgarn se rio.

- ¡Sabía que no me decepcionarías!

La mujer cogió el artefacto, era pesado, pero menos de lo que ella esperaba.

- Una sola cosa Molgarn, ¿significa esto que crees que vienen a por esto?

-Significa que no creo que lo sobrevivamos, aunque si, creo que vienen a por eso. No sé si es un temor real o solo las paranoias de un viejo, pero es mejor alejarlo de esta ciudad.

A modo de despedida el dúo de dwaalan colocaron la mano en el hombro del otro y rozaron sus cuernos, luego Aliznia enrolló el artefacto en una tela y se fue.

Los días pasaron, la ciudad se llenó de soldados, todas las ventanas fueron tapiadas y las calles quedaron vacías, muchos de los artistas y los aprendices de hechicero desaparecieron antes que Aliznia, la mujer hizo algunos de sus últimos bailes en solitario, hasta que siete días después de la reunión llegó el barco que esperaba.

Aliznia había reservado una plaza en un barco de pasajeros que viajaba hacia la ciudad de Meinsanil, una gran ciudad costera ubicada en los manglares, por fortuna para ella alguien no se había presentado a su cita y tenían un hueco libre. El puerto de Ysgard estaba ubicado en la parte inferior de la isla y transportaban a pasajeros y equipajes mediante ascensores y grúas, subiéndolos directamente de los barcos, salvo aquellos que eran capaces de volar. En el puerto la actividad también había disminuido, para los marineros acercarse a esa isla era como acercarse al frente de una tormenta. Entre todos los barcos Aliznia reconoció un transocéano Galseeko, un barco ligero, pero amplio, preparado para largos viajes. En el pasado eran utilizados solo por esa raza de reptiles anfibios que competían con los dwaalan por dominar los cielos, pero su fiabilidad los había vuelto populares entre otras razas. Aliznia descendió planeando suavemente hasta el navío, dejando que su vestido se meciese con el viento, al llegar hasta el barco frenó el vuelo con un aleteo y se posó en el centro, ahí le esperaba un humano, que confirmó su reserva y le dejó pasar.

- Madame, ha tenido mucha suerte, ese traficante raro de artefactos que iba a venir con nosotros se retrasó, si no se quedaba en la costa.

- Parece que el destino quería que cogiera este barco.

La mujer se instaló en uno de los camarotes, con dos camas, una de las cuales ocuparía otro de los pasajeros. Una vez allí, dejó su equipaje: dos bolsas, en una iba toda su ropa, joyería y objetos de valor y algunos enseres de viaje, en la otra llevaba equipo de artista que le pudiera ser útil o aquello que tuviera para ella un valor sentimental, y detrás de todo eso la Llave para Ninguna Puerta, camuflada como su fuera una de las varas que sujetaban la mochila. La mujer miró seriamente la cama, su especie normalmente dormía sentada, aunque acurrucada, enrollándose con las alas como si fueran murciélagos, antes de partir salió a despedirse de Ysgard con un último vistazo, sabiendo que lo más probable es que no la volviera a ver jamás.

 

Esa noche el barco se despertó con una turbulencia. Primero fue un ruido fuerte, como una explosión, luego una ola colosal arrastró el barco, los tripulantes vieron cómo las paredes se inclinaban, algunos objetos se caían de los lugares en los que estaban colocados o eran arrastrados. Aliznia clavó las garras de uno de sus pies descalzos en el suelo para no caerse de bruces, ese barco nunca había notado una ola así, Aliznia miró a su compañero de habitación, un viajero elfo de poca altura, que le devolvió la mirada confuso. Después de aquella ola siguieron otras turbulencias menores, como si el mar se estuviera recuperando de un fuerte golpe. Fuera de la habitación se escuchaban los ruidos de gente que iba de acá para allá, buscando daños y preguntándose por lo sucedido. Aliznia subió a cubierta esquivando al personal y los pasajeros, con un mal presentimiento, al mirar al horizonte comprobó que Ysgard ya no estaba en el cielo, ahora solo era una mancha hundiéndose en el mar, brillando por el efecto de algún incendio accidental. Una isla con cientos de personas, preparada para resistir un asedio, acababa de ser destruida en menos de una noche y ahora se hundía bajo las olas.

Rey Fungico, adorador de los dioses del caos y de Canela

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Respondido : 03/10/2020 12:27 PM
OswaldTLR, TheMage, Victorex123 y 1 les gusta
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Gaol-Hemris
(@gaol-hemris)
Ciudadano de Vermina
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Capítulo 2: Manecillas Dadas Cuerda
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Cuerpo
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Despertar

Los implantes arcano-cerebrales habían comenzado a reactivarse.

En una sala oscura y oculta de la luz de las lunas, un brillante ojo rojo iluminó parcialmente el rostro de un dueño en pleno despertar. En el interior de su mente, miles de imágenes, datos y fórmulas comenzaron a resolverse y empequeñecer, dando espacio a los pensamientos corpóreos.

Aún con sus funciones inactivas, dio la orden mental de extraer la biblioteca de memoria y reemplazarla por una más adecuada a su próxima tarea. Una vez sintió el nuevo cilindro introducirse por el lateral de su cabeza, dio la orden de encender las luces.

Una sala emergió a través de los leves parpadeos de bombillas colgantes hasta materializarse por completo. En su centro, media docena de brazos mecánicos rodeaban a una mesa de operaciones aún con su inquilino dentro. Se trataba de un joven extraño. Humano, de unos 20 años, relativamente alto, con un pelo largo, lacio y grisáceo; muy pálido, de apariencia demacrada.

En su rostro inexpresivo titilaba un gran ojo rojo mecánico de iris hexagonal completamente abierto. Movió los párpados para reactivar el izquierdo, esta vez orgánico y de color verde. El ojo derecho se giró en ángulos imposibles para observar la maquinaria. Los brazos a su alrededor sostenían una plétora de pequeños dispositivos y herramientas, algunos de ellos aún manchados de restos biológicos; esperando la orden de su amo.

 

A un impulso nervioso los brazos se movieron por los rieles del suelo hasta colocarse en orden en una pared. Se levantó. Aún estaba conectado a través de su nuca con los cables que conectaban por el techo con toda la maquinaria de la sala. Trató de hacer zoom con el ojo para observar el reloj de la pared. Las manecillas y mecanismos marcaban el noveno día del segundo mes de verano. Perfecto, esta vez no había pasado demasiado tiempo en trance.

El iris hexagonal se amplió, mostrando en la mente de su dueño lo que bien se podría haber catalogado como una pizarra translúcida. Trató de mover todo su cuerpo y anotar los datos en su retina. Los músculos de tamaño grande y mediano ya reaccionaban bien, aunque seguían agarrotados; mientras que no notaba un cambio significativo en los órganos internos. Notaba ciertas molestias, sí, pero pronto su cuerpo se adaptaría a los nuevos implantes.

Los observó. Los nuevos conectores que tenía a la vista parecían estar en orden. Del tamaño de una moneda, con 3 finas ranuras alrededor del hueco de una aguja. Tampoco le importaban tanto, siendo honestos, pues solo los había actualizado para un mejor agarre. En cuanto tuviese la oportunidad se centraría en averiguar el motivo tras las manchas color café que habían comenzado a crecer a su alrededor.

Lo que sí atrajo su atención fueron las nuevas baterías arcanas. 2 cristales perfectos de cuarzo del tamaño de un puño sobresaliendo uno a cada costado. Parecían haberse formado correctamente. Esperaba que la nueva fórmula a base de silicato fuese suficiente para lo que tenía entre manos. Proyectó en el interior de su ojo el porcentaje de carga. La manecilla apenas marcaba el 40%, señal de que por ahora había funcionado.

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Charlas y maquinaria

Se concentró de nuevo en el interior de su mente, buscando la conexión que necesitaba. Varios pisos más abajo comenzó a aumentar la potencia del generador central como si fuese un músculo más de su cuerpo. Poco a poco aquella vieja estación volvió a la vida, y la maquinaria entonó una vez más su canción de acero y éter.

Se extrajo la aguja de la nuca, recogió lo que necesitaba y comenzó a hacer los preparativos del viaje.

Un sinfín de maquinarias de distintas épocas y docenas de lugares le saludó al paso mientras recorría los laberínticos pasillos de aquella amalgama improvisada de estructuras y cachivaches. Atravesó la sala de los repuestos, la biblioteca, la sala de las pociones, el laboratorio, y cruzó sobre el almacén de prototipos. A medida que avanzaba su ojo tecnomágico giraba a velocidades imposibles realizando un censo mental de todo cuanto necesitaría llevarse a su nuevo viaje.

Al fin llegó a la sala central de aquel complejo de chatarras y maravillas, aquella que en teoría podía considerar un hogar. En su centro, un enorme y viejo pero muy funcional sistema de radio le esperaba junto a su sillón y una chimenea alimentada por aceite alquimizado. Tenía un par de charlas que hacer.

 

Al primero al que llamó fue a su amigo y proveedor Raktar. Le alegró saber que sus piezas habían llegado correctamente, aunque fue incapaz de encontrar los documentos que le había pedido el humano. El siguiente fue el Profesor Drometi. La conversación se alargó por más de una hora. Al viejo mecanista enano le encantaba hablar de temas poco relevantes, asuntos del día a día y de un tal llamado “Joputa”. Todo ello mientras podía oírse a su familia detrás y el rugir de la maquinaria que cabalgaba.

No pudo evitar reír. Era sin duda curiosa, la forma en la que aquel humano literalmente incapaz de sentir emociones se transformaba al hablar con aquellos barbudos y amargados amigos. Cuando despertó era más máquina que hombre, y sin embargo cualquiera que le hubiese visto en aquel momento pensaría que se trataba de un enano más en una taberna en mitad de un cruce de caminos brindando y riendo con unos colegas.

La última persona a la que trató de llamar fue a un arcanista de An-Colath. No llegó a contestar la llamada. Aunque le hubiese gustado agradecerle por la fórmula de sus nuevas baterías, tampoco le importaba en exceso su ausencia. Mucho era ya que aquel viejo mago hubiese sido capaz de datar sus investigaciones en el periodo de los Dhulkarinos.

Investigaciones que debían continuar.

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Tecnomagia
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Descenso

Fue cuando trató de ponerse sus guantes de trabajo que se percató de que aún seguía desnudo. Si bien era incapaz de comprender el concepto de moda o elegancia, comprendía la necesidad de una ropa de trabajo. Una vez se hubo vestido se acopló las herramientas que necesitaría: un par de gruesos guanteletes a rebosar de medidores y conectados al interior de sus brazos y hombros; una mochila con el cifrado de todos los procesos arcanos necesarios y un par de gafas asimétricas: de cristal izquierdo ennegrecido y un cristal amplificador de esencia para el derecho.

Descendió en silencio los oscuros pasadizos de aquella parte secreta de su fortaleza de chatarra. Caminaba despacio y encorvado, dejando caer a plomo el peso de los guantes mientras se balanceaban. Casi parecía una especie de ghoul tecnoarcano. Una imagen que su apariencia esquelética no ayudaba a disipar.

 Fue cuando llegó a los pisos bajos que las puertas comenzaron a encogerse. Sin duda se estaba adentrando en estructuras enanas. Llegó a una plataforma amplia cubierta por una amplia y rasgada lona. Por un segundo se permitió que la luz de las tres lunas acariciase su rostro. Pero tenía trabajo que hacer.

 

Se acercó al gran agujero central de la plataforma y posó sus manos sobre los mecanismo de lo que siglos ha debió haber sido una grúa. Se trataba de un gran cuadro de mandos, con múltiples pantallas a través de las que tiempo atrás debieron correr indicadores de película celuloide, con 2 grandes bombillas sobre ella, cada una conteniendo un gran cristal. Aquella estructura se encontraba alrededor de un gran hueco hexagonal en la plataforma, con múltiples cables colgando hacia un pozo de profundidad impensable. Y en el centro del mismo, sujeto a varios metros, una bobina tesla de mediano tamaño en el interior de una esfera de cristal cubierta de runas.

Respiró hondo y se concentró. Su ojo mecánico comenzó a brillar con intensidad a medida que los guantes emanaban una ligera neblina azulada y sus múltiples manecillas comenzaban a bailar. Quizá aquellos mecanismos estuviesen obsoletos, pero sin duda el cifrado rúnico de su interior aún funcionaba. En apenas un minuto la vieja maquinaria volvió a la vida con un zumbido largo y cansado.

Maniobró los botones y palancas necesarios para ordenar que regresase la plataforma. Y una vez se hubo subido comenzó su viaje a lo profundo. Su reloj le había indicado que tardaría unos 8 minutos en bajar, pero a él siempre le parecían horas.

La luz de las lunas fue tragada por completo por la oscuridad. Podría encender la linterna de su hombro, pero sería inútil. Sabía perfectamente que poco a poco abandonaría la capa de tierra y raíces y se adentraría en una zona de tierra compacta y maciza. La cual a su vez daría origen a una edificación de rocas y ladrillos construida en forma de templo alrededor de una colosal estructura avanzada de metal indeterminable pero claramente industrial.

Había llegado al origen de su obsesión.

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Las Ruinas Bajo las Ruinas

Fue cuando la plataforma se detuvo que se decidió a encender la linterna. El olor a aceite alquimizado saturó el aire por un segundo; pero al segundo siguiente se encontraba al fin frente a las verdaderas ruinas bajo las ruinas.

Al paso de su luz emergió una gran bóveda metálica de techo derruido, alrededor de la cual se habrían una docena de pasillos hexagonales a varios niveles; la mayoría derruídos, otros en completa oscuridad. Raíces colosales descendían de todas partes del complejo hasta envolver la sala casi por completo. Tiempo atrás aquel lugar debió de haber sido una especie de templo o santuario de una civilización olvidada, pero claramente posterior al complejo tecnológico que a él le fascinaba.

Cruzó por encima de la estatua derruida de una deidad de 6 brazos y trepó por lo que debió haber sido un altar hasta alcanzar el pasillo del segundo nivel. Hoy no continuaría explorando el resto de galerías. No tenía tiempo que perder.

Recorrió la curvatura del pasillo hasta alcanzar una apertura pequeña, estrecha y claramente no diseñada para su circulación. De aquel pasillo colgaba el extremo final de un moderno sistema de cableado por inyección de éter. La rueda en su muñeca izquierda giró hasta acoplar un pequeño mecanismo de relojería, que comenzó a girar y zumbar mientras emanaba un ligero vapor resplandeciente.

 

Un instante después se adentró en aquel pasadizo al ritmo que las lámparas de las pareces se encendían a su paso. Resultaba claro que en la antigüedad aquel lugar había servido a propósitos sagrados. Todas las paredes habían sido pintadas con ricos y variados frescos, protagonizados por un pueblo olvidado y mitos que jamás habían sido contados; de los cuales el paso del tiempo se había encargado de dar buena cuenta. Quizá su mente fuese incapaz de entender el arte o de interpretar un relato pictórico, pero incluso su parte mecanizada era capaz de ver lo obvio.

Todos los frescos incluían de algún modo la presencia del mismo artefacto.

 

Tuvo que apartar a su paso varias raíces crecidas en tiempos recientes. Inclinó la cabeza tal y como solía hacerlo al pensar. Parecía que sus conjeturas eran acertadas. No obstante, fue al comenzar a bajar las escaleras que el resplandor emergió. Primero como una leve fosforescencia, luego como un brillo visible, y finalmente como la luz de un faro. Había llegado a una sala octaédrica de varios metros de lado, envuelta por completo en raíces y habitada por lo que a todas luces era un laboratorio improvisado.

Pero lo más importante era aquella pieza central que coronaba la estancia

 

Se hallaba suspendida a un  metro del suelo, sujeta y abrazada por un número incalculable de raíces que manaban desde todas las direcciones de la sala como si del corazón de un sistema arterial se tratase. Y ciertamente era acertado compararlo con tal, pues a través de sus lentes de ampliación podía ver de forma clara y nítida como la esencia mágica emanaba de aquel artefacto y fluía a través de las raíces hasta perderse en la oscuridad.

El objeto, como tal, se trataba de una construcción trapezoédrica de cristal y metal talados que refulgía de un color verde resplandeciente. A simple vista era físicamente imposible darse cuenta, pero aquel objeto eran en realidad 2 piezas tetraédricas unidas entre sí de un modo desconocido para la tecmaturgia.

Y lo sabía porque él tenía un tercer fragmento.

Tan solo observando la sala resultaba obvio que aquel objeto debía haber sido originalmente una especie de fuente de energía arcana, sostenida en el aire por algún método de levitación; a juzgar por las 2 estructuras en forma de altar que lo envolvían a techo y suelo, con una única pieza arqueada superviviente para demostrar la presencia de una espera protectora.

Pese a todo, quedaba claro por los frescos y relieves que había logrado fotografiar que en un principio debieron haber sido 6 fragmentos en conexión hexagonal. Desconocía el paradero de los 3 fragmentos restantes.

Pero no tenía tiempo de preocuparse por ese asunto.

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Experimento

Su ojo pasó un escáner mental rápido de toda la estancia. Los rieles y el cajón de maquinaria no parecían haber sido obstruidos por el crecimiento de nuevas raíces, el panel de control parecía intacto y los baúles de contención habían logrado evitar que las raíces consumiesen los bidones de aceite alquimizado. 239 galones. Debería ser suficiente.

Extrajo de la máquina central los antiguos engranajes rúnicos y acopló los discos con la nueva rutina arcana. Esperaba poder tener éxito en aquella ocasión. Se clavó la aguja conectora en la sien derecha y acopló los guantes al cuadro de mandos y al regulador de flujo. A un impulso mental los mecanismos comenzaron a bombear aceite al generador, alimentando de esencia el corazón de la maquinaria y elevando los indicadores de sus guantes.

En cuestión de minutos desplegó todo un abanico de brazos, máquinas y medidores alrededor del artefacto. Colocó y cerró el circuito del nuevo círculo arcano, activó los medidores de celuloide, comenzó a grabar el proceso con su ojo; y se preparó para un último experimento.

 

El generador bombeó a mayor presión, y los artilugios comenzaron a brillar. Apenas un instante después toda la sala chisporroteaba de vapor de éter y esencia arcana. Al principio no hubo respuesta. Unos minutos después, sin embargo, las ondas de energía del círculo rúnico comenzaron a vibrar en fase y amplificar su potencia. Sí, estaba funcionando. A través de su lente de ampliación vio como el flujo de energía comenzaba a descender alrededor del artefacto y fluir poco a poco a través del campo de contención de su mecanismo. Si lograba crear una disrupción esférica lo suficientemente intensa y constante alrededor de la reliquia conseguiría desviar el flujo de poder y circunvalar la resistencia del artefacto a la manipulación.

Llegó el momento de la segunda fase.

Hizo un zoom todo lo preciso que pudo y se concentró en los puntos más débiles alrededor de la estructura. Dio la orden mental a sus brazos, pinzas y sierras para que comenzasen su trabajo. Primero sujetó con fuerza la estructura al completo, luego procedió a intentar serrar las raíces alrededor de la estructura. 149 galones. Todavía eran suficientes. Pasó a concentrarse en los focos canalizadores de prismas ígneos. Debía asegurarse de que las energías se anulasen entre sí e impidiesen la regeneración.

Los minutos seguían pasando. 113 galones. Había logrado cortar la mayor parte de las raíces pequeñas, pero todavía le quedaban las 3 de mayor tamaño. 98 Galones. Se permitió el lujo de aplicar descargas eléctricas sobre los puntos de corte una vez alcanzó su núcleo. 83 galones. Toda su maquinaria comenzó a chillar y temblar, malacostumbrada a aquel uso intensivo. Podía sentirlo. Sentía como sus máquinas no iban a salir bien paradas. 75 galones.

Pero le daba igual. Si lograba separar la estructura, si lograba extraer el artefacto; todo habría valido la pena. 64 galones. Dio la orden de tirar con fuerza. Tan solo le quedaban unos pocos centímetros. Tan solo le quedaban unos instantes aguantando la presión de sus artilugios. Esta vez lo conseguiría. Sabía que lo haría. 53 galones.

Y en verdad lo habría conseguido, si ningún imprevisto se hubiese interpuesto entre él y la reliquia.

Justo cuando había logrado cortar una de las raíces centrales, justo cuando tan solo le faltaban unos minutos, el artefacto emitió un pulso de energía arcana de tal calibre que hizo estallar en el acto cuanta pieza de tecnomagia se encontrase en las ruinas. Salió despedido hacia atrás y quedó inconsciente en el suelo.

31 Galones.

 

Despertó un buen rato después abrazado por una telaraña de pequeñas raíces. Le costó un esfuerzo soberano levantarse. Observó sus heridas. Por suerte la capa protectora sobre sus brazos y ojos evitó heridas graves; el resto no era nada que no supiese reparar. Fue entonces cuando comprendió por qué se sentía tan agarrotado. Todos sus nervios tecnovegetales se habían dilatado y endurecido hasta el punto de ser visibles bajo la piel. Las manchas café ahora recorrían su piel por completo.

Pero no fue el hecho de esta herido lo que le enfadó. Ni siquiera el hecho de que meses de trabajo acabasen de literalmente estallarle en la cara. No. Lo que verdaderamente fue capaz de hacer brotar la ira en un corazón muerto fue comprobar que las raíces no solo habían comenzado a regenerarse, sino que se habían dilatado también hasta el punto de envolver el artefacto por completo como un tronco gigantesco.

Tras un monólogo de 12 minutos blasfemando en enano, se decidió por fin a volver a la superficie. Tendría que conformarse con lo que ya tenía y esperar a que la materia viva volviese a su tamaño natural. Pero había sacado algo en limpio de aquello. Su maquinaria obsoleta a base de chatarra ya no era suficiente.

Necesitaba un instrumental de verdad.

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Alma
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De tal Palo, tal Engrane

El día siguiente transcurrió con relativa normalidad. Reparó sus heridas y sustituyó las piezas destrozadas de sus guantes.

Fue mientras transportaba las herramientas necesarias al embarcadero que él llegó.

Era un ser imponente de más de 4 metros. Una rareza en un mundo de rarezas. Una amalgama entre un ser cibernético y uno vegetal. Un Engrane, un autómata; pero con el alma de un elemental del bosque. La criatura emergió despacio de entre los árboles, balanceando su pesado cuerpo entre sus piernas de aleación rellenas de materia vegetal.

Sus proporciones eran las de esperar para un ser de su tamaño. Una anchura de hombros de varios metros, con brazos capaces de albergar a un enano en su interior y un torso relativamente esbelto en proporción. De haber sido visto por historiadores, les parecería una especie de armadura autómata que hubiese sido portada por un ser arbóreo. Caminaba encorvado, dejando brillar al sol una capa de colosales hojas con grabados hexagonales en ellas.

De haber sido el joven un muchacho normal; de haber sido él alguien capaz de sentir, era ahora cuando habría corrido a abrazarle. En lugar de eso, simplemente le saludó.

_Yo también me alegro de verte, Derian. –Respondió la criatura.

Hablaba con una voz calmada, dulce y profunda, proveniente del altavoz que debía tener bajo la tupida barba de ramas que sobresalían de una cabeza que sin duda fue originalmente un casco de guerra. Sus ojos cibernéticos le miraban de un modo extraño, cariñoso pero preocupado a la vez.

_Por cierto ¿Qué es eso que traes ahí? –Preguntó el joven mientras señalaba la gran masa metálica que su padre arrastraba tan solo con una mano.-

_Ah ¿Esto? –Dijo mientras cambiaba su tono de voz a uno visiblemente jovial.- Me lo he encontrado tirado cerca del río. Creo que es algún tipo de carruaje motorizado moderno. Desde luego, no parece de la misma época que el resto.

_¿Y para qué quieres tú eso? Si no cabes en él. –Bromeó, prefiriendo ignorar el hecho de que acababa de levantar un maldito coche a plomo con una sola mano.-

_Eh ¿Y es así como me agradeces que te traiga recambios? –Respondió el gigante a su vez mientras levantaba lo más parecido que tenía a una ceja y fingía un tono de queja.

_Vale, vale, perdona.

_Es más, quizá lo use para un recambio personal. Después de todo no tiene pátina y es un último modelo. –Dijo mientras se pasaba la mano por su pecho mecánico como el que presume de un traje nuevo.

_¿Y cómo demonios planeas hacerlo, si ninguna de las piezas te encaja?

_¿Y para qué demonios te tengo a ti entonces?

 

Continuaron riendo mientras el humano ayudaba al gigante a guardar la nueva pieza en el almacén. De haber sido Derian un chico normal; de haber tenido algún mínimo de dote social; de haber sido capaz de entender las emociones ajenas;  era en este punto cuando se habría percatado de algo no iba bien.

_Derian ¿Qué coño has hecho esta vez?

No fue la pregunta en sí la que le hizo comprender que al parecer había cometido un error. Ni siquiera el sincero tono de reproche de su padre. Lo que le hizo comprender que esta vez se había pasado fue el hecho en sí mismo de que aquel engrane supiese que algo andaba mal.

_Si, la verdad es que ha habido un par de problemas durante la investigación de anoche. Nada serio.

_¿Nada serio? –Respondió la criatura en total calma. Conocía demasiado bien a aquel chaval como para saber que no trataba de ocultarle nada, sino que literalmente no consideraba lo que había hecho como algo digno de ser mencionado. _He sentido ese pico de energía arcana dentro de mi propio ser. A kilómetros de distancia. Dime la verdad ¿Qué coño ha pasado?

_Sobreestimé las capacidades de mi equipo, lo que provocó un reajuste masivo de energía en el aparato. O al menos, esa es mi teoría –Respondió mientras hacía su característico gesto de cabeza.-

_Derian, creo que deberías aparcar el asunto de esa investigación. –Respondió en tono genuinamente preocupado.

_¿Por qué?

_¿No puedes hacer caso por una santa vez a este viejo montón de tuercas y maderos?

_Darboell, sé que te preocupas por mí, aunque no entienda el por qué. Pero ten tú también en cuenta que si logro completar mis investigaciones cendremos suficiente energía y suministros para toda la vida.

_Tendrás.-Respondió, esta vez con enojo, mientras señalaba los captadores solares de su espalda.-

_Bueno vale, eso es cierto.

_Además ¿Por qué no simplemente te dedicas a viajar por ahí? Tengo entendido que tus amigos enanos les encantaría verte

_Oye, no me espíes mis transmisiones. –Dijo sin el más mínimo atisbo de enfado.-

_Bueno, está bien, tú ganas, quedamos en tablas.

_Además ¿Para qué querría irme a ninguna parte si tú estás aquí?

La criatura emitió in ligero gemido a través de todo su cuerpo, algo que el humano había aprendido a reconocer como el equivalente de aquella máquina a la sonrisa.

 

_Prométeme que te cuidarás, Derian.

_Te lo prometo, padre.

Spoiler
Viajes y Tribulaciones

Derian Roway atravesaba el Näthu a toda la velocidad que le permitía aquel viejo barco remolque modificado.

Fue cuando finalmente atravesó la linde del Bosque de Meindhur que se dio de bruces con la realidad del mundo. A su izquierda, un gran y basto bosque de árboles imbuidos en magia primigenia. A su izquierda, la absoluta deforestación de un paisaje arrasado.

Avanzó por aquella frontera entre realidades por casi una hora hasta llegar a los troncos. Una vez agotados los recursos de la linde Oeste del Näthu, los habitantes de la ciudad habían comenzado con la otra vertiente; y estaban tirando los troncos al río mara mejor transporte.

Se extrajo su biblioteca de memoria y se introdujo por el cráneo aquella con los datos de su investigación. Una vez el símbolo correspondiente apareció en su ojo, comenzó a concentrarse en el interior de su propio ser. Poco a poco, y mediante una combinación de ciencia arcana y biotecnología, sintió como el tiempo se ralentizaba a su alrededor.

 

Las olas ya no fluían, los troncos no caían al río, los pájaros se mantenían quietos en el aire. Pero él seguí consciente. Quizá para él el mundo se moviese a cámara lenta, pero tanto su mente como su ojo mecánico seguían a pleno rendimiento.

Ante su mirada de neón comenzaron a aparecer cientos de fórmulas, fotografías, documentos y esquemas. Aprovecharía el tiempo que aún le quedaba en el plano físico para continuar con su investigación. Debía averiguar la forma de canalizar la energía vegetal del artefacto. Debía encontrar la forma de poder activarlo a voluntad. Debía encontrar una manera de revertir la deforestación.

Y debía hacerlo, sin duda; pues había calculado al milímetro el tiempo que tardarían en consumir la otra mitad del río. Entre 8 y 12 años, 6 en el peor de los casos. Incluso para un maestro de la evolución mecánica como él, eso era demasiado poco tiempo. Pero tenía que serlo. Debía averiguar una forma, o de lo contrario los madereros acabarían avanzando al norte. Debía encontrar una forma de detenerlo. Debía encontrar la forma de que no llegasen hasta Meindhun.

De que no llegasen hasta Darboell.

 

Finalmente, tras lo que para él fueron horas, llegó a las colosales puertas dobles del puente del Aserradero.

Y la ciudad de Meinsanil le saludó en un abrazo de sombras, sueños y engaños.

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Respondido : 17/10/2020 7:46 PM
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